La Fe en África

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Han pasado ya muchos años desde mi primer contacto con Rwanda. Pero hay algo que me sigue impresionando y que impresiona a aquellos que llegan por primera vez a este continente y es el inmenso protagonismo de la practica religiosa en África. 

La practica religiosa, ya sea católica o protestante, esta íntimamente mezclada con la vida cotidiana de los habitantes. Las iglesias están llenas a rebosar y es difícil encontrar un hueco si no llegas antes del comienzo de las ceremonias.

Se reza al comenzar el día, se reza en cualquier reunión de trabajo y por supuesto en las misas u otros acontecimientos religiosos, bodas, bautizos o funerales, donde todos los asistentes participan de forma muy activa en las ceremonias.  

La mayor parte de los asistentes comulgan, formando larguísimas colas al pie del altar.

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En el hospital, antes de comenzar la sesión informativa de las mañana, se reza colectivamente, para después pasar a hablar de los pacientes ingresados o de las incidencias nocturnas.

Los que procedemos de un país teóricamente católico, en el que las iglesias apenas acogen a unas decenas de personas, ya sea en las misas o en otro tipo de actos religiosos, esta manifestación colectiva de fe nos impresiona profundamente.

Pero hay algo que nos llama también la atención. En la vida cotidiana, en Rwanda, la presencia de este profundo sentimiento religioso no se manifiesta en una diferente forma de asumir la vida, o por lo menos de la forma que esperaríamos, ante tan grande exhibición de fe. Nada diferencia a la sociedad rwandesa de otras sociedades. En lo bueno y en lo malo. Es cierto que se hacen continuas referencias a la voluntad divina, pero no se perciben cambios transcendentales con respecto a las relaciones humanas. No podríamos decir en sentido coloquial que sea una sociedad “mas buena” o “mas cristiana”, que las demás.

Las familias pudientes, no son mas generosas para con los pobres de los que viven rodeados, que las familias de otras sociedades. Los problemas de convivencia son iguales a los que podemos ver en una sociedad que no manifieste con tanto entusiasmo sus creencias.

Da la impresión que esas llamativas manifestaciones de fe son mas una referencia cultural que confiere seguridad y protección al individuo. Son algo que hay que hacer porque lo han hecho nuestros antepasados.  Son manifestaciones casi rituales que protegen del mal, pero que no necesariamente obligan al cumplimiento de las normas y principios en los que se basan las religiones cristianas.La Fe en Africa 4 (1)

En nuestra cultura la culpa es algo que nos acompaña independientemente del tipo de “penitencia” que realicemos. Estamos enraizados con la tradición judeocristiana. Pero en África las malas acciones pueden redimirse con ofrendas u oraciones, de tal modo que una vez realizadas estas, la persona queda libre del sentimiento de culpabilidad.

En muchas culturas africanas se mantienen intensas relaciones con los ancestros, a los que hay mantener en paz y a los que hay que rendir culto periódicamente, ya sea con ofrendas u otro tipo de homenajes.

Una parte de esta tradición se ha asimilado con la religión cristiana. Los ancestros están presentes en todas las oraciones, a los que se les solicita protección y perdón. Las ceremonias religiosas adquieren, de este modo, una especial importancia y se hacen imprescindibles en la vida de los individuos.

En las misas se protegen, en las misas son perdonados, en las misas piden por un futuro mejor.   

Uno de los capítulos que mas refuerza esta idea de la religión como un rito en este mundo de fe tan contradictorio, es el papel de la iglesia en la sociedad africana.

La iglesia en África, es un gigantesco poder económico y político. Formar parte de esta estructura es un estatus deseado por hombres y mujeres. Las vocaciones religiosas son un instrumento que permite salir de la pobreza a muchos ciudadanos. Los que lo consiguen, comen, estudian y viajan como europeos, sin tener ningún tipo de condicionante económico.

Grandes edificios, hoteles e incluso una gran red de distribución de carburantes, pertenecen a la iglesia.

Nada de esto es cuestionado por los fieles que en ocasiones viven sumergidos en la pobreza mas extrema. No hay el mas mínimo espíritu de crítica en una sociedad que no ha evolucionado socialmente y que ha pasado de la edad antigua a la contemporánea, sin pasar por algún tipo de de revolución.

Hay que recordar que la descolonización no se produjo, salvo en algunas excepciones, por presiones revolucionarias sobre las metrópolis. Son los estados coloniales los que se liberan de las colonias, por considerarlas una gravosa carga y por preferir desarrollar una estructura que permita la explotación de los recursos naturales sin tener que mantener una costosísima administración en lugares tan remotos. Rwanda no es una excepción a esta realidad histórica.

Tampoco los religiosos que administran la estructura eclesiástica, ven contradicciones en esta relación. Muchos de ellos nacieron en la pobreza, lo que determinó su “vocación” religiosa que les permitió salir de ella, y ven la pobreza como un mal inevitable del que afortunadamente ellos escaparon. Hay una clara relación entre pobreza y vocaciones sacerdotales, hasta tal punto que la supresión de becas para realizar estudios superiores, determina en muchos paises el aumento de los ingresos en los seminarios. Son las llamadas vocaciones económicas. Ejercer como religiosos es un buen oficio que los separa del resto de la población. No olvidemos que la “Iglesia” en África es una clase social privilegiada. 

Son muchas las situaciones paradójicas que se viven en estos países, en el contesto de las relaciones de la iglesia con sus fieles.

Periódicamente se celebran ordenaciones de sacerdotes o conmemoraciones de fundaciones parroquiales. Estas suelen ser grandes fiestas en las que no se escatiman los recursos, ya se música, bailes, sonorizaciones, e incluso banquetes.

La mayor parte de los gastos son pagados por los feligreses, que a su vez pagan por las bodas, las confirmaciones, los bautizos, o cualquier otra prestación religiosa realizada por la parroquia. Feligreses que en muchas ocasiones son extremadamente pobres. Los feligrés están organizados en lo que llaman “cristianos de base”, que forman pequeñas comunidades de unas diez familias. Estas comunidades tienen que pagar a la iglesia los diezmos, es decir un diez por ciento de lo que cada familia gana. Cuando una familia no paga la cantidad asignada, se le niega la entrada a la iglesia y lo que es mas grave para ellos, que son creyentes muy temerosos, se les niegan los llamados sacramentos, bautizos, comunión, bodas, etc. Un persona soltera o sola, no se siente muy preocupada por esta situación, pero si tiene familia, hijos en especial, teme que no se les bautice o no se les case, cuando llegue el momento. 

La pobreza es dueña de las colinas que rodean a muchas de las centrales y parroquias de Rwanda, pero esa pobreza no impide que se hagan periódicas colectas entre los campesinos de los alrededores. Algunas de las actividades religiosas financiadas por la población, se transforman para algunos párrocos en una forma de hacerse con beneficios económicos.

El salto económico entre los feligreses y algunos de sus párrocos es muy notable. Muchos de estos últimos disponen de coche propio, antena parabólica, una casa bien equipada, y por supuesto pueden viajar al extranjero siempre que lo necesiten. En muchas ocasiones la castidad no es algo que se cumpla con pulcritud y en África no es inusual la presencia de sacerdotes que mantienen relaciones estables con sus amantes, relaciones conocidas por muchos de sus feligreses. Pero es mucho mas grave el comportamiento de la iglesia ante actuaciones severamente reprobables, como cuando se da el caso de relaciones entre sacerdotes y alumnas de las escuelas que acuden a las parroquias buscando un apoyo espiritual. Este hecho, no infrecuente, si bien es objeto de una dura critica por parte de las autoridades eclesiásticas  responsables, es silenciado de forma cómplice. El poder espiritual de la iglesia sobre la población se manifiesta de forma clara ante hechos tan simples como en el caso de las jóvenes que quedan embarazadas sin estar casadas. Si posteriormente quieren casarse, tienen que asistir obligatoriamente a una formación de seis meses de duración, para ser aceptadas en la iglesia y así poder realizar la boda.   

Pero nada de esto es vivido por la población como injusto. Interpretan que las “cosas son así”, e incluso que la iglesia, o su parroquia alcanza un determinado prestigio cuando hay un nivel económico determinado, por supuesto muy por encima de lo que constituye su vida cotidiana.

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Hay una gran diferencia entre los sacerdotes locales y los sacerdotes o misioneros llegados de los países desarrollados. Estos suelen hacer una vida austera que se adapta mas a los principios de pobreza y castidad, proclamados por la iglesia. Las vocaciones religiosas en los países desarrollados, permiten a muchas personas elegir voluntariamente una vida de sacrificio, adaptada a las enseñanzas cristianas.

Pero nunca debemos olvidar que esta es una elección que se hace desde la riqueza y no desde la pobreza.

Pretender que una vocación africana, se acompañe de la elección de una vida pobre, cuando estos sacerdotes, o monjas surgen de la pobreza, en ocasiones extrema, es una utopia conceptual.

Se puede elegir la pobreza como forma de vida cuando no eres pobre, pero no cuando naces y vives inmerso en ella. 

Cuando reflexionas en Africa sobre la fe, especialmente en Rwanda, unes estas reflexiones a la trágica historia del genocidio del noventa y cuatro.

Todos los que hemos conocido de cerca esa etapa de la historia y convivimos con los supervivientes, no podemos de dejar de preguntarnos sobre el papel de la iglesia y en especial de la fe y de las creencias aparentemente aceptadas por los ciudadanos, en esos trágicos momentos.

Todos hubiéramos comprendido la existencia de un espíritu profundamente pacificador que tendría que haber sido ejercido por parte de los religiosos y de sus feligreses, teniendo en cuenta el papel tan importante que la religión juega en la vida cotidiana. Pero cuando escuchas las historias del genocidio, percibes que esa fe, que parece impregnarlo todo, en aquellos momentos estaba totalmente ausente.

Hablando con supervivientes del genocidio del 94 y escuchando las inimaginables crueldades a que dio lugar, resulta difícil entender como una sociedad aparentemente tan religiosa y tan practicante, pudo participar, en ocasiones colectivamente, de tan terribles atrocidades.

Algunos religiosos, sacerdotes, monjas y frailes, participaron directamente en las masacres, sin que pareciera que eso pudiera representar una contradicción con sus creencias. Muchos de ellos fueron posteriormente condenados en tribunales internacionales por su activa implicación en los asesinatos.

¿Dónde estaba en aquellos momentos esa fe que ahora parece guiar la vida de esta sociedad? Aunque no fue una actitud general, se sabe que algunos de los asesinos rezaban antes de comenzar las masacres. Incluso se hablaba de la muerte de aquellos seres inocentes como de un mal necesario para salvar a la sociedad. La idea del chivo expiatorio surge en el pensamiento de algunos de los intelectuales que han analizado fríamente el fenómeno. Naturalmente esta idea ancestral, nada tiene que ver con la filosofía cristiana moderna.  

Es entonces cuando de nuevo te cuestionas si en África, el significado que transmite la filosofía cristiana  ha sido comprendido, o es solo un mero ejercicio de rutina y repetición de palabras que no modifica el comportamiento del hombre.

Se puede incluso llegar honestamente a la conclusión  de que las oraciones que se expresan en voz alta en los actos religiosos, se repiten incansablemente, pero sin asumir su significado, de tal modo que adquieren el carácter de palabras protectoras. Invocaciones a un ente superior que pueden librarte de todo mal, pero carentes del significado cristiano que habría que aplicar  a la vida cotidiana.

A medida que pasa el tiempo estoy mas convencido de esta ultima reflexión, “Invocaciones a un ente superior que puede librarte de todo mal”. Y tal vez por eso ya no me impresionan las gigantescas manifestaciones de fe a las que asisto con interés, para testimoniar estos bellos actos actos con fotografías.

Una de las mas grandes manifestaciones religiosas que he visto, fue una misa en la que se anunció la presencia de un sacerdote que tenía poderes curativos. Miles de personas llenaban el lugar y muchos familiares llevaron a sus enfermos, en general afectados por severas enfermedades, con la esperanza de alcanzar una cura milagrosa.

Entre los asistentes se producían ataques de histeria, convulsiones y todo tipo de manifestaciones “sobrenaturales”. Trate de atender a una mujer que presentaba un cuadro de convulsiones, evidentemente no epilépticas, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Fue entonces cuando un sacerdote se acercó a ella y poniéndole un rosario en la frente, calmó las convulsiones, expulsando el mal que se había apoderado de su cuerpo. 

En ese acto todos los elementos a los que hago referencia estaban en equilibrio y se mostraban con claridad al observador. La naturaleza y los entes malignos y benignos se entremezclaban con las oraciones cristianas.

El “Santísimo” paseado entre los asistentes desataba pasiones enloquecidas y la imagen de una religión vivida como un poder mágico y protector quedaba al descubierto. Mas que nunca ahora pienso en ese sincretismo que ha caracterizado a las “conversiones” en África.

Las raíces culturales de este universo africano se resistieron a unas creencias importadas. Sus propias creencias sobrevivieron y aunque aparentemente se adaptaron, siguieron siendo ellos mismos. Tal vez sea por esto que en Africa lo sagrado y lo profano se mezclan en todas las ceremonias.

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Las danzarinas acompañan la entrada del cortejo de obispos y sacerdotes y las danzas guerreras de los fieros luchadores rwandeses se ejecutan en medio de la misa, siempre acompañadas por el ruido de los tambores.

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Cualquier ceremonia de importancia es una gran fiesta en la que se entremezclan danzas y celebraciones profanas y en las que no falta al final, aunque no para todos, abundante comida y cerveza. Las ofrendas son de rigor y muchos fieles, independientemente de su nivel económico,  se acercan con cestos repletos de comida que depositan en el altar. En ocasiones las ofrendas se adaptan mas a la imagen y al poder de los que las realizan y se aportan cabras u otro tipo de valiosos animales domésticos. Las ofrendas protegen y permiten obtener el perdón.

Todo nos lleva a considerar, que si bien las religiones cristianas aportan el guión a las ceremonias, en muchos países africanos estas ceremonias, en lo mas profundo, siguen siendo la continuación de ceremonias ancestrales que ponen en relación y en paz a los humanos con las fuerzas de la naturaleza y con sus ancestros. 

Marlow 20/07/2016