LAS COLINAS DE NEMBA Y SHEILA


ESCUELAS 6

LAS COLINAS DE NEMBA

 

Rwanda es un país montañoso formado por miles de pequeñas colinas. La población ha sido y es una  población dispersa y solo un pequeño porcentaje de sus habitantes vive en concentraciones urbanas. Este hecho, que es común a todos los países en desarrollo, en los que la proporción de habitantes que viven en el medio rural supera con gran diferencia la proporción de aquellos que viven en las ciudades, en Rwanda alcanza grandes proporciones. La causa de ello es la orografía. Colinas que hacen inaccesibles los terrenos de cultivo a los medios de transporte y obligan a vivir a “pie de obra” a sus propietarios. Y que de igual modo hacen imposible la mecanización, y la agricultura se transforma en una actividad artesanal de escaso rendimiento económico, solo útil en el contexto de una economía de subsistencia. 

Vivir en las colinas era y es una forma de vida. Es una especial filosofía que marca el carácter de sus habitantes. Las colinas, antes mas que ahora, tenían nombres propios y eran una seña de identidad. Haber nacido y vivir, en este caso, en la colina de Nemba, identificaba tus orígenes. No había otro mundo fuera de ellas y sus moradores no concebían la idea de no vivir en ese especial universo. Cuando las personas de edad avanzada preguntaban a un extranjero por su mundo, en ocasiones le preguntaban sobre como eran las colinas en su país. 

Pero muchas cosas han cambiado y hoy día para sus habitantes es un reto poder salir de este mundo aislado y pobre. Y esto es especialmente significativo para los jóvenes que sueñan con alcanzar la ciudad y vivir otro modo de vida. Cuando los turistas visitan Rwanda se quedan asombrados por la belleza de sus paisajes, pero ignoran que la vida en este paraíso natural, es en ocasiones difícil y de extrema dureza.

Rwanda es un país ejemplar. Muy pocos países del entorno ofrecen unos servicios públicos de educación y sanidad en lugares tan inaccesibles. Hay escuelas dispersas por toda la orografía. Pero esto no impide que los escolares tengan que recorrer grandes distancias para llegar a ellas. Seguir el día a día de uno de estos niños, en este caso Sheila, nos puede dar una idea de lo que significa vivir en este medio y de lo difícil que puede ser liberarse de él para alcanzar el sueño de la gran ciudad.

Las colinas rwandesas son intensamente verdes y a donde el visitante dirija su mirada, verá un universo de vegetación exuberante sembrado de pequeñas casas separadas por parcelas de cultivo. Los terrenos que las rodean son minifundios y suelen ser propiedad de los campesinos que habitan esas construcciones. En las colinas se desarrolla una economía de subsistencia, a pesar de todos los esfuerzos que el gobierno realiza para unificar la producción agrícola y obtener así un mayor rendimiento.

Casi todas las casas se asemejan en su estructura y la casa donde vive nuestra protagonista se ajusta a este esquema general.

Son casas hechas con bloques de adobe y suelen disponer de cuatro habitaciones. Una puede hacer de cocina y almacén, aunque en ocasiones la cocina es externa. Otra es el dormitorio de los padres, en una tercera duerme Sheila con sus hermanos y la cuarta hace las veces de recibidor y salón. El tejado es una fina chapa de metal ondulado que aísla de la lluvia, pero que aturde con su ruido cuando el agua cae sobre ella. Hace unos años estas cubiertas eran de tejas, mas aislantes y silenciosas, pero hoy son caras y requieren una estructura de madera mas solida para aguantar el peso. Las casas suelen estár dotadas de dos puertas y cuatro ventanas. Una puerta da a la parte delantera y otra a la parte trasera y las ventanas se distribuyen con el mismo criterio, dos hacia adelante y dos hacia atrás. Por supuesto no hay luz ni agua corriente y las necesidades mas elementales se hacen en un pequeño cobertizo exterior en el que se ha excavado un profundo agujero. Tal vez lo que mas sorprende al entrar en una de estas construcciones es el hecho de que las habitaciones están prácticamente vacías de muebles. Solo hay objetos, ropas colgadas en cuerdas van de un lado a otro, jofainas, o utensilios de labranza, distribuidos sin un aparente orden.

En una de estas casas vive Sheila.

                                                                                                                                                                                                                   

La casa de SHEILA  

SHEILA

                                                                                                                                                                                                               

Sheila es una niña de trece años que vive con sus padres y sus hermanos en una casa del sector de Nemba. Antigua colina de Nemba. La hemos elegido a ella como podríamos haber elegido a una cualquiera de las miles de niñas que día a día hacen su mismo trayecto y desarrollan su misma actividad entre las colinas de Rwanda. 

Hemos fotografiado su entorno, su casa, la escuela y a algunos de sus compañeros, con animo de que las fotos unidas al texto puedan dar una idea aproximada de lo que significa vivir en ese ese micromundo de las colinas. 

                                                                                                                                                                                                                  

UN DIA EN LA VIDA DE SHEILA

                                                                                                                                                                                                                  

Todas las mañanas Sheila se despierta antes del amanecer, cuando comienzan los gritos de los ibis y todo le indica que ya empieza un nuevo día. Desde un viejo bidón de plástico amarillo, que todavía sobrevive a la época en la que los abuelos y los padres vivieron en los campos de refugiados de Congo, vierte una pequeña cantidad de agua en una jofaina de barro, se lava la cara y las manos para después pasarlas, todavía húmedas,  por su cabeza casi rapada, cubierta  por pequeños y espesos brotes de pelo rizado. 

En esas horas de la mañana, sobreponiendose  al frío, Sheila deja volar su imaginación y piensa…

“Cuando sea mayor y gane dinero, me pondré unas extensiones muy largas, como las que lleva la tía Raimunda. Ella trabaja en Kigali y conoce bien todos los lugares donde las ponen. Seguro que me dirá en que “salón” me lo harán mas barato. La tía Raimunda sabe mucho y conoce a mucha gente. Yo también quiero vivir en Kigali. No quiero seguir aquí en las colinas, como han hecho mis padres desde que nacieron” 

Después despierta a dos de sus hermanos pequeños, Solange y Alfonso, de siete y cinco años. Todavía queda uno mas pequeño, casi recién nacido, pero este duerme y vive pegado a la madre que lo transporta allá donde fuere. De él no tiene que ocuparse. A Sheila y a Solange, como todos los días, les corresponde ir a buscar agua antes de salir para la escuela. Sheila transportará veinte litros y su hermana cinco, desde una fuente que esta a quince minutos de marcha. De esta forma su madre tendrá agua para preparar la comida de la tarde, porque hoy martes, bajará al mercado de Gakenke para tratar de vender un saco de patatas o, al menos, cambiarlo por otro tipo de alimentos. Su padre ya ha salido muy temprano a trabajar en la construcción. Se están edificando nuevos edificios en el hospital y ha encontrado trabajo como peón de albañil.

Antes de salir para la escuela no olvida coger un trozo de caña de azúcar para masticar y calmar el hambre, que tanto aprieta a mediodía. Sabe que sólo al atardecer, después de una larga jornada y ya de regreso a casa, tomará una comida caliente, que su madre habrá cocinado para toda la familia.

Con su uniforme azul, muy ajado por el tiempo y que utiliza a diario como única ropa, sus chanclas de plástico de color rosa, las que su madre compró en el mercado cuando se prohibió ir descalzos a todos los habitantes y una bolsa para llevar los cuadernos, el lápiz y una goma de borrar, sale hacia el camino que desciende por las colinas hasta la parroquia. Necesitará mas de una hora de marcha para llegar, pero al fin, allí, al lado de la iglesia, estaran las viejas escuelas de Nemba esperándola.

Sheila nació hace ya trece años en las colinas de Nemba. Es la mayor de cuatro hermanos y vio el mundo por primera vez en la propia casa donde ahora vive. Su madre no podía pagar entonces los pocos francos que le hubieran permitido nacer en el hospital, como ocurrió con sus hermanos. Sheila envidiaba lo que consideraba una gran suerte, por lo que representa este hecho como símbolo de distinción, haber nacido en el hospital, aunque sabe que no hubiera sido consciente de aquellos momentos. Pero recuerda muy bien cuando fue a verlos, recién nacidos y recuerda también aquella casa tan grande y tan limpia, llena de personas vestidas de blanco. No puede olvidar nunca las ventanas con cristales, las paredes y los techos pintados y todo tan extremadamente cuidado. Recuerda también con claridad el olor del hospital, tan diferente al de su casa.

Cuándo nació Juan Bautista, el más pequeño, fue la ultima vez que vio en las colinas a su tía Raimunda, con sus extensiones en el pelo. Muy elegante y con ese aspecto de persona con dinero que tanto la diferenciaba de la imagen de su madre, de la que a veces se avergonzaba. 

En su casa no hay televisión, pero cuando baja al pueblo, Gakenke, puede verla y le emocionan las series extranjeras que le muestran como es el mundo que existe mas allá de las colinas. Y aunque ella y sus amigas solo chapurrean algo de ingles y de francés, se quedan embobadas viendo como son las casas y como visten los protagonistas. Pero las películas que mas les gustan son las americanas. En estas salen chicas negras, como ellas, pero bien vestidas y que viven también en casas muy lujosas y conducen coches. Casi sin comprender el argumento, a ella y a sus amigas les encanta después hablar de todos los pequeños detalles que han visto, e imaginar como sería su vida en ese otro mundo. 

Pero para Sheila su mundo, el real, no es el de las películas. Este no se extiende mas allá de donde alcanzaba su vista y aunque algunas veces su padre le ha llevado a una ciudad situada a treinta kilómetros que se llama Ruhengeri, donde hay un gran mercado y muchas tiendas, su universo no se ha agrandado y estas rápidas visitas se han transformado poco a poco en una imagen que sólo sirve para alimentar sus sueños. “Decididamente, cuando sea mayor abandonaré las colinas”, piensa.

Hoy, al entrar en la escuela, encontró a los estudiantes y a los maestros muy agitados. Parecía que algo importante iba a pasar y que los “abazuûngu”, venidos de España, iban a tirar los viejos edificios para construir unas escuelas nuevas y modernas, y que las casas que iban a hacer serían tan buenas como las del hospital. Se hablaba mucho de cómo serían las nuevas escuelas y todos decían que sólo el director sabía con seguridad en que consistiría el cambio.

Después poco a poco la paz regresó al patio de la escuela y de forma ordenada los alumnos entraron en sus clases.

Sheila está pensativa. Hasta hoy no se había dado cuenta de lo viejas que están las aulas si se las compara con el hospital, que es su mejor referencia. En el hospital los techos son de madera y no se ven las vigas, ni la tejas, ni la paja del tejado. Las paredes son blancas y en algunos sitios, incluso, están forradas con unos cuadrados blancos y brillantes, que parecen de cristal aunque no lo son, pero que los puedes lavar como a los cristales. Ella sabe que la casa donde vive es mucho mas pobre que las escuelas, pero eso no tiene nada que ver, porque una escuela es una escuela y tiene que ser algo distinto, como lo es el hospital o la oficina del distrito, o la iglesia, o la casa donde vive el obispo en Ruhengeri. 

Sheila esta distraída y ausente y piensa que tal vez ahora las cosas podrán cambiar en su vida y que podrá hacer los años de primaria y secundaria en las nuevas escuelas de Nemba. Después, si encuentra el dinero necesario, tratará de hacer los estudios de tercer nivel, enfermería, contabilidad o incluso ir a la universidad. Todo es posible. Tal vez ahora su nivel de conocimientos le permitirá obtener una buena calificación en los exámenes de acceso al tercer ciclo y seguir en las escuelas de Nemba, si éstas tienen suficiente calidad, o incluso marcharse a estudiar lejos, donde el nivel de estudios sea mas alto, siempre que se encuentre una plaza para ella.

En ese momento le vienen a la memoria los protagonistas de la televisión, con sus casas sus vestidos y sus comodidades y todo le parece posible.

Piensa en su madre, que tal vez con suerte habrá vendido ya su saco de patatas en el mercado de Gakenke, o al menos habrá podido cambiarlo por caña de azúcar, que tanta falta les hace. Piensa también en su padre, que no sabe leer ni escribir y que transporta una y otra vez ladrillos sobre su cabeza, para ganar unos pocos francos diarios.

Ella no quiere ser pobre. Quiere ser por lo menos como su tía Raimunda, que cuando viene de Kigali, siempre viste con ropas elegantes, que no tienen ese olor que deja la miseria.

Quiere también tener una casa de ladrillo y no de adobe. Ese adobe que hace el vecino mezclando la paja y el barro de las colinas y que siempre esta húmedo  Tal vez se casará, pero no con un chico de las colinas, que solo heredará una minúscula parte de las tierras de su padre. Eso lo tiene muy claro. Para ella quiere a alguien con estudios, que trabaje en una oficina o en una ONG.

Tal vez así pueda realizar sus sueños, casarse, tener hijos, tener una casa propia y tener coche, que es el sueño de toda joven y de toda mujer, cuando piensa con seriedad en su futuro. 

Pero no se olvida de sus familia y se dice,“Cuando tenga dinero ayudaré a mis padres y podré pagar los estudios a mis hermanos”. Sheila piensa y piensa, hasta que la profesora le llama la atención por no responder directamente a una pregunta que se le ha formulado. Sheila vuelve a la realidad y con su lápiz y su cuaderno, se concentra en copiar los números que la maestra ha escrito con perfectos rasgos sobre la gran pizarra negra. Después del mediodía habrá examen.

Antes hay clase biología y tratara de memorizar lo escrito en la pizarra, hoy es la célula. Trata también de copiarlo en su cuaderno. Tiene muy buena memoria y será capaz después de repetirlo todo, aunque nunca ha comprendido que relación hay entre lo que estudia y la realidad de su vida.

Durante el examen le resulta difícil concentrase. Las imágenes de un futuro lleno de bienestar le invaden, y le acompañan de vuelta a casa, en esa larga hora de camino que le separa de la escuela.

Al llegar a casa, ya caída la tarde, se encuentra con su madre y sus hermanos. Su padre no ha regresado todavía, pero no tardará en hacerlo. Tal vez hoy no se entretenga de regreso tomando cerveza de plátano. De ser así, no habrá gritos ni discusiones. Cuando por fin llega, algo más tarde y ya en la oscuridad, comparten en el mismo plato una mezcla de patatas, judías y harina de maíz.

Después hay que buscar algo de agua para la ducha, porque hoy es sábado y toca lavarse y aunque con unos litros basta para todos, en la casa nunca hay suficiente. Los tres hermanos se apelotonan desnudos y la madre les moja a todos a la vez con el agua de una jofaina. Después se enjabonan detenidamente y ya cubiertos por la espuma, su madre los aclara de nuevo con otra ración de agua, justa para arrastrar el jabón extendido sobre sus cuerpos. La ducha ha terminado.

Finalizada la jornada, ya no queda tiempo para más. La noche cae de nuevo, precedida por los gritos de los ibis que despiden el día. En escuetas conversaciones  el padre cuenta algunas historias de la familia y la madre se queja de las dificultades de la vida. Y después todos se tumban en sus esteras. Los más pequeños comparten una, pero Sheila tiene ya una propia que sólo en ocasiones comparte con Solange.

Sin luz eléctrica la oscuridad es total. No es posible estudiar o leer. En el silencio se escucha una pequeña radio que el padre ha comprado a los chinos, y que le gusta oír antes de dormir. Sola en su estera, rodeada por la oscuridad y el silencio, llega otra vez para Sheila el momento de soñar. Las historias de la televisión, los comentarios de las amigas sobre algún chico de clase, las anécdotas sobre algún profesor… Pero lo que mas le gusta es pensar en lo que haría si su vida estuviera rodeada de todas las comodidades que ve en las películas de la televisión. Piensa como sería su casa, como la decoraría o como sería su coche. Todo pasa por su imaginación, en esos minutos que preceden al sueño. 

Entre sueños, trabajo y estudio transcurre la vida de Sheila, día a día y semana a semana. El trabajo de la casa y la escuela se mezclan indisolublemente sin dejar espacio para nada mas. No queda tiempo para jugar o para hablar con sus amigas, siempre separadas por grandes distancias. No lee libros, no conoce el cine, no sabe lo que es un museo, no asiste a funciones de teatro. Pero sabe que hay otro mundo en el que no se pasa frío ni hambre y en el que todo el mundo sonríe porque es feliz.

El domingo le ofrece la posibilidad de asistir a misa y relacionarse con algunas de sus amigas, pero después tendrá que ayudar a sus padres en el cultivo del pequeño terreno que rodea la casa y que produce parte de la comida que consumen o venden. También habrá que lavar la ropa y hacer algunos de los escasos deberes que los maestros ponen a los alumnos para los fines de semana, conscientes de las dificultades que éstos tienen para realizarlos.

Sheila sueña y sueña y siempre le queda una esperanza. Ahora ya sabe que es pobre, porque ha visto la riqueza y ha visto a los ricos. Para sus padres esto era algo normal. En la vida había pobres y había ricos. Pero para ella no, porque ahora también sabe que hay un mundo, lejos de las colinas, en el que todo el mundo puede ser rico.

¡Algún día no muy lejano se marchará a vivir a la ciudad, o tal vez mas lejos!

¡Algún día dejará las colinas para siempre!

 MARLOW 7/12/2015

 

 

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